Tu mente mi patio de recreo



         

Ángel es un hombre tranquilo, pausado, que piensa las cosas dos veces antes de ejecutar una decisión. No acostumbra a mentir en ninguna ocasión, hecho que le ha traído más de un quebradero de cabeza. Es honesto, con él y con todos los demás. Amante de la naturaleza disfruta de dos aficiones: recoger setas al comienzo del otoño y hacerle fotografías a todo. No en vano, pasa los fines de semana en un estudio improvisado construido por él mismo en su garaje.
Toda esta personalidad fabricada a base de golpes y reveses que le ha dado la vida; además de las sabias enseñanzas que su madre le ha aportado desde su más tierna infancia, le han convertido en un gran hombre, y, como manifiesta su personalidad en todo lo que hace, en un gran enfermero también.
Como enfermero experimentado plantea su lado profesional de manera asertiva. Refiere cierta empatía con el paciente cuando la ocasión lo requiere y marca una clara diferencia entre lo profesional y lo personal. No se trae sus quebraderos de cabeza hogareños al hospital ni permite que las vicisitudes profesionales empañen la armonía de su hogar.
Casado, padre de dos niñas y un niño, se desvive porque sus herederos no sepan del sufrimiento humano hasta que lleguen a una edad donde les sea un poco más fácil entenderlo. El amor de su familia hace posible sobrellevar la dureza del trabajo.
Cada paciente es distinto al anterior, y así los trata, como individuos que; aunque presenten similitudes, las diferencias los hacen más especiales a cada uno de ellos por separado. Nunca un síntoma en Juana fue igual al mismo síntoma manifestado por Pedro. Ni siquiera Antonio y Roberto sufrieron de la misma forma aún padeciendo la misma afección.
Todos ellos son diferentes en su complejidad, lo que hace que cada caso sea interesante en sí mismo. Por ello es de vital importancia aprender de cada uno de ellos todas y cada una de sus manifestaciones, quejas, dolores, alegrías y triunfos. Cada día hay un triunfo, cada día hay una prórroga para ver el amanecer del día posterior. Cada creatinina reajustada, cada edema de miembros absorbido, cada micción después de un globo vesical, todos y cada uno de estos logros son éxitos para apuntar el día en el almanaque como festivo, y Ángel lo sabe.
Cada vez que observa a Sofía ve lo que nadie ve en ella. No solo es una niña de 15 años. Es además una niña inteligente, despierta, observadora y con una capacidad receptiva que sobrepasa a cualquier niño de su misma edad en similares condiciones.

·······

Las gotas de lluvia  empañan el cristal de la ventana creando formas caprichosas; la imaginación las va convirtiendo en  distintas figuras y objetos conocidos. Uno puede pasar el rato fijándose cómo se van resbalando y terminan goteando sobre el alféizar. La habitación, orientada al este, comienza a iluminarse tímidamente por la luz del amanecer. En el suelo, una sombra empieza a dibujarse; es Sofía, que lleva toda la noche sentada en el sillón de su habitación oteando el horizonte estelar que se cuela por el balcón. Piensa, recapacita y medita en silencio. No quiere despertar a su compañera de cuarto. Hoy la pobre ha tenido un día muy duro y necesita todo el descanso posible.
- El cielo que cubre mi tierra está protegido-; piensa cabizbaja;-pero a mí ¿quién me protege?-
El ruido de la puerta extrae súbitamente a Sofía  de su pensamiento taciturno.
-¡Adelante!-
-¡Buenos días!, ¿Sofía Cárdenas Gallego?-
-Sí; soy yo-
-Hola Sofía, ¿Cómo estás ?Soy la enfermera de laboratorio. Vengo a hacerte una analítica-
-¿No es un poco temprano?- No sé qué hora es, pero apenas ha amanecido. ¿Ha pasado algo?-
-No, no ha pasado nada. La que te voy a hacer es una analítica ordinaria, pero hoy estamos probando a empezar por la planta alta para ver si vamos más rápido en el trabajo, ya te puedes imaginar que la falta de personal nos está haciendo estragos y no damos a basto, cada vez os despertamos antes...en fin; no quiero aburrirte con mis problemas; entiendo que no te importen-
-No me molesta escucharte; además, oír tus problemas hace que me olvide de los míos por un instante...- deja caer con media sonrisa.
-¡Vaya! Gracias, nunca me habían dicho algo así. Bueno; ya está, ¿ves? Con la vía central es un adelanto sacar sangre. Ni te has enterado.-
-Sí, además no duele, ya me teníais los brazos deshechos. -Afirma mientras mira fijamente el catéter.
Y así concluye la primera conversación de la mañana en apenas cinco minutos. Una y otra vez todas las mañanas empiezan igual: "sangre, sudor y lágrimas". Pero además hoy ha amanecido sin haberse acostado.
Está cansada.
La fatiga le roba a la expresión de su rostro el brillo del pasado. Un pasado corto, intenso, lleno de vida, una vida que otrora se antojaba alegre y llena de esperanzas hoy se torna gris, plomiza y sin atisbo de felicidad.
En un vano intento de disimularlo, ella sonríe.
Hoy no es ese  día.
Hoy no tiene ganas.
Satisfacer a los que le rodean no se encuentra hoy en el orden del día.
Como un viento fresco de primavera con ligero aroma a mandarina, azahar y jazmín, entró en la habitación Marta. Alta, buena moza; como dirían los de mi pueblo, rubia y con los ojos verdes. Era la viva imagen de Sofía veinticinco años más mayor. Hoy lucía uno vaqueros desgastados, una botas de lluvia que se han puesto muy de moda, aunque se parezcan a las botas que se usan para trabajar en el campo los días lluviosos,¡ no importa!, le etiquetan una marca comercial y un forro y listas para vender por no sé cuantos cientos de euros.
Sobre su camiseta blanca, comodín infalible cuando sales de casa con prisa, llevaba una gabardina  con aire retro. Marta siempre portaba un aspecto impecable, no importaba lo agotada que estuviese.
-¡Hija, me han llamado de la academia!- grita de alegría Marta- Todas tus compañeras te envían recuerdos y tienen muchas ganas de que te incorpores pronto.
- Gracias mamá, dales tú recuerdos de mi parte, a mí no me apetece.
-Pero, ¡hija! si me han llamado ilusionadas, tienen muchas ganas de hablar contigo...-
-¡Bueno mamá!, me da igual, yo con ellas no-
-Entonces... Sofía... entiendo que tampoco te importa que haya hablado con Carlos...
-¿Carlos?, ¿Has hablado con Carlos? ¿Y tú de qué conoces a Carlos?- Pregunta entre enfadada y ofendida.
-Bueno... pues... ayer vino a verme a casa y me explicó quien era...
- No le hagas caso. ¡No es nadie!- interrumpió Sofía todavía enfadada.
-Sofía; hija; no te pongas así- le dice Marta en un tono cariñoso para intentar averiguar qué era lo que había alterado tanto a su preciada hija. -Me explicó que sois muy buenos amigos y que te echa mucho de menos. Ha intentado hablar contigo muchas veces pero no le coges el teléfono, ni le respondes los mensajes. Sofía, ¿qué te pasa?-
-¡Nada mamá; nada!; y dile a Carlos que es un tonto... ya se lo he explicado. Dile de mi parte que me deje en paz .Sin él estoy mejor, pero no lo entiende.-
Marta se queda preocupada, sentada a los pies de la cama. Está asustada, perdida, desorientada. Sabe que su hija la necesita. Sabe eso desde que Sofía nació. Con cada llanto, con cada lamento, cada vez que Sofía le expelía un "¡mamá!" inconsolable desde su habitación; Marta sabía que la necesitaba más allá de lo que un hijo necesita a una madre. Es la conexión madre-hija, es esa unión simbiótica y sobrenatural que sobrepasa la membrana placentaria y se instaura en el corazón.
·······

Los minutos se convierten en horas, las horas en días, los días en semanas y así de forma sucesiva.
El control del tiempo se convierte en algo esencial para Sofía, sumida en la angustia y el dolor. No quiere ver a nadie, no soporta la presencia de sus seres queridos, no necesita que nadie la ayude. En su fuero interno se entremezclan sentimientos de dolor, culpa, rabia, ira. No hay fin.
Nadie le había explicado con exactitud lo que estaba pasando, nadie le había contado que esto era tan difícil.
En el cajón de la mesilla guarda una libreta de notas donde escribe todas las sesiones de tratamiento que lleva. Hace dos semanas que no escribe nada. No recuerda que la ingresaron en la U.C.I., no es consciente de lo mal que ha llegado a estar en estas dos semanas.
Todavía no le han comunicado que el trasplante fue inviable. Todavía no hay registro de esta eventualidad en su bloc de notas.
La puerta de la habitación se abre y aparecen Marta y un hombre vestido de blanco al que jamás había visto.
-Hola Sofía, hija, ¿cómo va la mañana? Me he encontrado con este señor tan agradable que quiere conocerte.-
-¡Buenos días, Sofía!; Me llamo Ángel y soy tu nuevo enfermero.-
Sofía mira con cierta expresión de sorpresa, no hace más que oír hablar entre dientes acerca de los recortes en el hospital y ahora resulta que ella tiene un nuevo enfermero. Sin lugar a dudas hay algo que no le cuadra.
Lo observa fijamente. Le ha llamado poderosamente la atención lo seguro que parece de sí mismo. Un hombre alto, corpulento con una voz firme y rotunda, haciendo juego con su aspecto. Lleva gafas y un enorme reloj en la muñeca izquierda, además de una identificación colgada al cuello donde Sofía, no sin cierta dificultad; consigue leer su nombre: Ángel. Enfermero.
Viene con una silla de ruedas, y mientras le invita a sentarse en ella le va explicando que han decidido cambiarla de habitación y de planta para que esté más cómoda.
Con dificultad, Sofía consigue levantarse y acercarse a la silla. Marta siempre está pendiente de cada unos de sus movimientos. Cuando estaba dando la vuelta para sentarse cómodamente, su débil mano se resbaló en el apoya-brazos y este traspié a punto estuvo de hacerle caer. Por fortuna Ángel, atento como nadie, alargó el brazo, y en un vuelo le ayudó a terminar con éxito la maniobra. Ha sido un gran ejercicio el de hoy. Sus 45 kilos en 1 metro 65 de altura no le permiten realizar sobreesfuerzos.
Se coloca la manta sobre las piernas y la mascarilla en la cara; tapándose la boca y la nariz. Ni una mota de polvo puede atravesar el filtro de la mascarilla que  separa su vida plausible  de una posible vida luchando contra una infección oportunista.
Sofía levanta la cabeza, suspira, eleva el pecho y cual ave fénix se recompone y alza de nuevo el vuelo. -"No tengo edad para caer" -piensa mientras salen de la habitación camino al nuevo alojamiento.
 Suben en ascensor a la última planta del hospital, es la más soleada y la más silenciosa.
Se abren las puertas y un aire fresco inunda la estancia. El aroma a lavanda enmudece los pensamientos y calma el corazón. Atraviesan el pasillo, pasan por delante del control de enfermería -"¡Buenos días Sofía!"- saludan a su paso con una sonrisa celestial. Sofía es capaz de imaginarse la fragilidad de un ser cuando siente alegría y regocijo al oír un saludo atento y una voz amable.
Las pareces del hospital comienzan a manar calor humano, dejan de ser plomizas y frías para convertirse en la custodia de un lugar agradable.
Al entrar en su nueva habitación observa como la luz del sol inunda la cama y permite disfrutar del color de las paredes: Azul lavanda.
Casi podría decir que su habitación huele al azul lavanda de las paredes.
Casi podría asegurar que nota la sensación de paz al respirar tal armonía.
Casi podría afirmar, sin miedo a error, que es la primera vez que se siente a gusto desde su ingreso.
Al lado de la cama se encuentra, de pie, una mujer alta, con gafas, uniforme azul lavanda, bata blanca; fonendo y carpeta en ristre.
Al ver entrar a Sofía, su expresión dibuja una enorme sonrisa que estalla en un -"¡Buenos días Sofía!"-
Su voz y sus gestos transmiten afabilidad y sosiego; la paz que hace mucho tiempo que no siente en su interior. Sofía la revisa de arriba a abajo sin perder un solo detalle de su indumentaria, muy a juego con toda la estancia.
-¿Cómo te encuentras Sofía?-
-No sé. No entiendo qué hago aquí.-
-Te hemos trasladado a este lado del hospital para que estés más tranquila. Las últimas semanas han sido difíciles y necesitas menos estímulos del exterior. Aquí las ventanas no dejan pasar el ruido de fuera y hay menos pacientes. Estoy convencida de que vas a estar mucho más a gusto.-
- Claro.
- Mi nombre es Jimena. Y soy tu nueva médico. La Doctora Mariana y su equipo seguirán visitándote pero ya lo harán aquí. Para tus sesiones de medicación intravenosa no hace falta que vayas a Hospital de Día, podemos hacer que suban la medicación a tu habitación si lo prefieres. Voy a dejar que te instales cómodamente y en unos minutos volveré para hacerte unas cuantas preguntas. Si necesitas algo puedes tocar el timbre. ¡Hasta ahora!-
Sofía se queda pensativa sentada sobre la cama, no entiende nada, o no quiere dejar que su mente entienda lo que acaba de pasar.

A los pocos minutos regresa Jimena acompañada de Ángel. Los dos se acercan a Sofía y se sientan en unas sillas que colocan a su lado. No hay carpetas, no hay bolígrafos, no hay nada, solo están ellos dos y un pequeño magnetófono. Antes de empezar le explican que para conservar documentación y datos requieren grabar la conversación. Sofía asiente sorprendida por el método empleado, no lo había visto nunca pero le gusta; entiende que de esta forma no tiene que parar a esperar que ellos terminen de escribir para seguir hablando.
Comienzan a hacerle preguntas de todo tipo, necesitan una entrevista contundente, recabar toda la información posible se hace primordial con cada paciente. Hablan de su estancia en el hospital, de sus aficiones antes del ingreso, de sus pensamientos, de sus necesidades, de sus preferencias, de todo menos de datos clínicos aburridos que pueden, fácilmente, ver en la historia clínica.
La conversación dura cerca de una hora y media, pero no ha sido pesada, es más, ni se había dado cuenta de la hora que era si no llega a ver a la enfermera de la planta entrando en la habitación con la medicación y la bandeja de la comida.
Recogen el material y se despiden de Sofía para dejarla comer tranquila.

·······

Una tarde Ángel irrumpe súbitamente en la habitación, encuentra a Sofía sentada en la cama con la cabeza apoyada en las rodillas.
Solloza tímidamente, sus brazos tapan su cara. El camisón rosa que tanto detesta oculta su cuerpo consumido por el dolor. La palidez de su piel delata la  falta de los baños de sol que acostumbraba a tomar los fines de semana.
Sus manos tiemblan al enjugarse las lágrimas que corren por sus mejillas sonrosadas.
Cuando por fin levanta la cabeza y abre los ojos descubre a Ángel a los pies de su cama. Está paralizado por la imagen que acaba de descubrir; es la primera vez que ve llorar a Sofía. Es la primera vez que le ve expresar sus sentimientos de esta forma. Hasta ahora las manifestaciones de ira, rabia y despotismo habían sido las más habituales con todos; médicos, enfermeras, auxiliares, madre, padre, no se había librado nadie de su furia incontrolable.
No da crédito a lo que ve.
Sofía llora.
Sofía tiembla.
Sofía se siente pequeña, muy pequeña, casi insignificante.
Sofía no quiere estar ni aquí, ni ahora.
¿Qué habría sido de su vida si nunca hubiesen descubierto aquel hematoma?
Aquel hallazgo no fue importante; o al menos no lo suficiente para ella.
Los entrenamientos eran duros; horas y horas haciendo acrobacias, bailes, pasos sincronizados. Todas mostraban "heridas de guerra". La sincronizada requiere mucho esfuerzo, mucho afán y no rendirse nunca.
"Si quieres llegar a los juegos olímpicos debes luchar hasta la extenuación". -Se repetía cada vez que paraba a tomar aliento.-"Ser una de las elegidas no es suficiente, no tengo frío, no estoy cansada, no tengo hambre, no hay sudor ni lágrimas. Quiero ser la mejor, la número uno. Representaré a mi país y todos estarán orgullosos de mí"-
No había ni un solo día que no se acostase pensando en lo bien que lo iba a hacer al día siguiente. Estudiaba para quitarse los exámenes de encima y poder dedicarse a lo que realmente le gustaba, la natación sincronizada.
Subir, bajar, bailar, sentir la música y  el murmullo del agua.
Se sentía viva.
Se sentía única y especial en el medio acuático.
Se sentía una sirena.
El agua y su piel eran un solo elemento.
Pero algo comenzaba a no ir bien, algo fallaba. Una mañana, después del control médico que les habían hecho tras el nombramiento de las elegidas para representar a España en los próximos juegos, le dijeron que debía ir al médico. Si nunca se había sentido mal, si tenía una vida sanísima y una alimentación impecable. ¿Qué es lo que no cuadraba?
La cita con el médico era en el hospital; el único hospital de la comarca; que debe atender a la totalidad de la población, día y noche, de lunes a domingo y fiestas de guardar. Nada más entrar en él podías sentirte penetrado por el fuerte olor a antiséptico, mezclado con alcohol de 70º y medicinas. Casi te podías imaginar a una enfermera portando una aguja del tamaño de un estandarte persiguiéndote por la sala para ponerte una inyección en la nalga.
El aspecto del hospital era anodino, frío, triste y desangelado. Las reformas realizadas meses atrás solo habían conseguido ampliar la zona de consultas y los espacios comunes, pero seguía estando carente de calor humano.
En los pasillos se acumulaba la gente esperando ser llamados a consulta. Unos se lamentaban de su suerte mientras otros le protestaban; por no estar en la lista; a la pobre auxiliar a la que se le había ocurrido salir a la puerta para llamar a los pacientes citados.
Griterío, alboroto, alguna frase despectiva pronunciada con acritud desde el fondo, acerca de lo mucho que cobraban y lo poco que hacían.
Se acercaba la hora de la cita y como puntual reloj suizo, la auxiliar  de la consulta salió al pasillo para anunciar su nombre:- ¡Sofía Cárdenas Gallego!-
A Sofía aquel nombre se le antojó extraño, ajeno a ella. El estómago le dio un vuelco y su corazón palpitaba fuerte en el pecho.
Entró en la consulta con paso decidido, pensando en todo lo que tenía que hacer de vuelta a los entrenamientos, así que quería terminar con esto cuanto antes.
A su lado, Marta, su madre. Nunca le había dejado sola ni un minuto desde que nació. La acompañaba allí donde ella la necesitase.
Entraron en la consulta y se sentaron rápidamente en sendas sillas. Aquella consulta se convirtió súbitamente en un lugar familiar. De repente; notaron que estaba allí todo el calor y el color que faltaba en el resto del hospital. Las paredes lucían una tonalidad cálida y agradable. Había un cuadro hecho de corcho que estaba lleno de fotos de niños sonrientes, dibujos que parecían estar hechos por aquellos mismos niños y palabras de agradecimiento por doquier. "¡Gracias Mariana!" era la frase más repetida en aquel mosaico improvisado de sonrisas y corazones pintados.
Justo debajo del corcho, una mujer sentada, atareada con el ordenador. Mientras hablaba afanosamente por teléfono, las invitó a tomar asiento sin darse cuenta de que ya lo habían hecho de motu propio. A los tres minutos de intensa conversación acerca de los pormenores de las situación de la planta y los problemas que causaba la falta de personal, terminó la conversación con un cariñoso -" Ya seguiremos hablando"- y colgó.
Se dirigió a Sofía y a Marta y les dijo:-Buenos días. Me llamo Mariana y soy Hematóloga.-
De nuevo esa extraña sensación de tener el estómago en la tráquea inundó el cuerpo de Sofía. Aquellas palabras le cayeron como un jarro de agua fría. Un incómodo escalofrío recorrió su piel en 3 segundos. Su instinto le hizo presagiar que algo no iba bien.
A partir de ahí solo oía palabras sueltas de la conversación: anemia, hemoglobina, hematocrito, plaquetas, médula ósea, serie roja, linfocitos, trombocitopenia...
En el rostro de Marta poco a poco se iba apagando la luz y el brillo de sus esplendorosos y bien llevados 40 años; para dejar paso a una expresión de preocupación mezclado con angustia y miedo.
La habitación daba vueltas, las paredes iban y venían, un sudor frío recorría la piel de Sofía. Sentía como si una parte de ella hubiera salido, por un instante, de su cuerpo y se veía a ella misma mirando asustada a su madre.
Cuando volvió en sí ya estaba de pie en la puerta  con su madre despidiéndose de Mariana.
-Bueno doctora, entonces ¿nos vemos el martes para hacer el aspirado medular y repetir la analítica?-
-Eso es Marta. Bueno Sofía, ¿nos vemos el martes?
Sofía salió sin decir nada, cabizbaja, no había entendido ni una sola de las palabras que se habían pronunciado en aquella sala.
A las pocas semanas ya estaban los resultados sobre la mesa. El equipo de hematólogos del hospital estaban reunidos en sesión clínica dilucidando sobre qué hacer frente a aquel caso clínico. La situación era delicada. Había que tenerlo todo bajo control. Había que ponerle nombre y apellidos a lo que tenían delante y había que comunicarlo con la mayor asertividad posible. Todos lo tenían claro; sin duda ese paso de la ecuación siempre le tocaba a Mariana.
Es una mujer afable, joven, con un halo de maternidad a su alrededor. La suavidad de su voz junto a la delicadeza de sus gestos la convierten en la candidata perfecta para la ocasión. Será ella la encargada de hablar con Sofía. Está decidido.
El 16 de agosto, a las 10 de la mañana Sofía y sus padres estaban esperando en el pasillo frente a la puerta de la consulta. El pasillo seguía colapsado de pacientes, mujeres que acompañan a sus maridos, hombres que protestan porque llevan 3 horas esperando, dos al fondo discutiendo sobre lo mal que funciona la sanidad pública y lo mucho que cobran los que en ella trabajan   - Si mandase yo...les iba a dar; sí; les iba a dar palos...-Decía  por lo bajini uno mientras su interlocutor asentía con la cabeza. Todos los días la misma estampa.
-¡Sofía!
Otra vez esa sensación dichosa. Se abren las puertas de chiqueros y sale el morlaco a la plaza, negro, bragao, bizco, 600kg de astado; valiente, hermoso; único en su especie, el rey de la dehesa. Al fondo, el torero, esperando en la arena con el capote.
-Buenos días a todos. Siéntense, por favor. Ya tenemos todos los resultados. Sofía, hay un problema, tu médula no funciona adecuadamente y hay que tratarla. Eres muy joven y muy fuerte. Vamos a empezar ya con el tratamiento. Tu sistema inmune está afectado pero vamos a ponerle remedio.
-Pero Mariana; ¿qué significa todo eso?
-Sofía; tienes leucemia.
Las palabras de Mariana retumbaron en su cabeza como si de  las campanas de la iglesia de su pueblo tocando los cuartos se tratase. Volvió a visualizarse a sí misma sentada frente a su médico, pero esta vez se vio sola, vacía, desamparada y la sensación de miedo se apoderó de su corazón y de su mente; pero no derramó ni una sola lágrima. Tragó saliva, miró al frente y con la voz quebrada preguntó:-¿Cuándo empezamos?-

·······

Ángel se apresuró a arroparla con la manta que estaba doblada a los pies de la cama. No sabía si su temblor correspondía al frío de su cuerpo o al desasosiego de su alma.
Sofía clavó sus ojos verdes en los  de color avellana de Ángel, las lágrimas asomaban por los párpados inferiores como agua de escorrentía. "Estoy sola, tengo miedo, mucho miedo, abrázame" no cesaban de gritar sus ojos en un sepulcral silencio.
"Dame tu mano, dame consuelo, dale paz a mi alma." Seguían implorando agónicamente.
Nunca hubo palabras en aquella habitación que retumbasen contra las paredes con la  misma fuerza que lo hacía el silencio desolador de Sofía. Apenas podía emitir sonidos de sollozo. Las lágrimas ya habían llegado a empapar el cuello del camisón, aquel camisón rosa que tanto detestaba.
Ángel le tomó la mano y no dijo nada. En ese instante sintió como suya propia la angustia y el miedo de Sofía. Perdieron la noción del tiempo. Con las manos cogidas, Sofía comenzó a encontrar la paz, sabía que no estaba sola, que no tenía por qué tener miedo, que a su lado siempre estaría su ángel de la guarda. No dejó de mirarle ni un momento. Poco a poco el llanto inconsolable fue amainando y su expresión comenzó a dibujar una leve sonrisa en su rostro. El miedo se había convertido en tranquilidad.

Las tardes eran buenas para hablar. Los martes se quedaba Ángel para ultimar historias escritas, citar a los pacientes a revisión, llevar el control de la caducidad de los fármacos del botiquín, y un sin fin de actividades más.
No pasaba un solo martes que no fuese a ver a Sofía para preguntarle cómo estaba.
Abría sigilosamente la puerta y comprobaba si estaba durmiendo o no. Nunca la despertaba de su descanso, cerraba la puerta y se iba; pero si ella estaba despierta, entonces le preguntaba si podía pasar.
Un suspiro de alegría se contenía en el ambiente. Sofía agradecía la visita. No hacía falta que le dijese nada. Le miraba con sus ojos verdes  durante unos segundos.
Ángel se sentaba junto a ella. Algunas tardes se quedaban mirando por la ventana el ocaso del día y fantaseaban con lo que haría cada uno si estuviese al otro lado del cristal.
-Yo me iría a recoger unos níscalos, ahora es una buena temporada. Primero les haría unas fotos en macro y luego me las llevaría a casa para comer. Mi mujer las prepara de rechupete, se le da bastante mejor que a mí, la verdad.- dice Ángel imaginándose la escena.
-Muy bien, "David el gnomo", yo aprendería a montar a caballo para recorrer los campos a galope y dejar que el viento me llevase a cualquier parte.

Otras tardes preferían no hablar. Esas tardes coincidían con los días de tratamiento. Eran agotadoras. Se pasaba el rato en una eterna nausea. Calmaba la dichosa sensación respirando profundo el aire fresco que dejaba entrar por la ventana, pero cuando no podía más, se iba al baño a desalojar el efímero contenido gástrico del día. Los días de tratamiento solo comía fruta fresca y fría. Le ayudaba a sentirse mejor. El frío aliviaba las llagas de su boca.
Cuando conseguía salir del baño, se acurrucaba en la butaca.

-Ángel, ¿te gusta trabajar con pacientes como yo?
Ángel nunca se hubiera imaginado esa pregunta en boca de Sofía. Quizás nunca se hubiera imaginado ninguna conversación con Sofía.
- Bueno, me alegra que me hagas esa pregunta.-
-¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!, eso es lo que responden los famosos cuando se quieren hacer los interesantes.- Le replica Sofía interesada por la respuesta.
- Como iba diciendo- replica mientras esboza una sonrisa de complicidad por la broma que le acaba de gastar- , me alegra que me hagas esta pregunta. La verdad es que sí me gusta trabajar con pacientes como vosotros. Y además, te diré que me ha gustado desde que empecé mis estudios de Enfermería allá por el año...
- No te molestes Ángel- le interrumpe Sofía con una carcajada- más bien dirás allá por el siglo pasado.-
 De súbito, se hizo el silencio. Los segundos se congelaron en el tiempo. Ambos se miraron fijamente durante un instante e inmediatamente explotaron en un ataque de risa al unísono.
- ¡Claro!, teniendo en cuenta que tú eres una niña, pensarás que yo soy muy mayor.-
-No hombre, pero no podrás negar que del siglo pasado sí eres.-
Ambos siguieron riendo todavía un buen rato.
- Dime, ¿Cómo puedes soportar el dolor ajeno?-
De repente las risas se habían disipado.
- Simplemente no se puede. No puedes esperar que las personas no te afecten pero debes hacer, como buen profesional, todo lo posible por dejar a un lado tus sentimientos. Los pacientes necesitan que estemos un peldaño por encima para guiarles  y darles apoyo, consuelo o simplemente estar en silencio a su lado haciéndole entender que le comprendes.
- ¿Eso es lo que haces conmigo?-
-Bueno, en cierta medida, sí.
Sofía se quedó tranquila sabiendo que le entendía y sabía que podía contar con él.
-Ángel, ¿qué hay después de todo esto?
-No lo sé. Quizás nada o quizás todo. La Fe es un recurso del creyente cristiano para encontrar cobijo, esperanza y descanso en el amor de Dios. Los creyentes se valen mucho de su fe para superar etapas muy difíciles de su vida. Los no creyentes utilizan otras válvulas de escape. Al fin y al cabo, la gente necesita creer en algo más fuerte que ellos para encontrar la paz interior.
-¿Duele morir?-
-Bueno, la verdad es que no siempre es un proceso dulce, pero hacemos lo posible para que esa etapa ocurra con el mayor confort que seamos capaces de dar. Es un momento muy distinto en cada uno de nosotros. Es  la última cosa en la vida que vamos a hacer, así que mucho mejor si la hacemos en paz.-
-Lo sé. Sé que todos nos vamos a morir algún día. Hay mucha gente que no es consciente de que la vida es muy frágil y que en cualquier momento la vela se puede apagar. Yo sé que me voy a morir. Yo sé que todos nos vamos a morir. Yo estoy preparada para irme cuando me toque. ¿Y tú?-
No hubo respuesta. La reflexión fue tan profunda que Ángel no se atrevió a hacer desvanecer sus  palabras dibujadas en el aire con una última puntualización suya.
Los dos se miraron y no hizo falta añadir nada más.
Aquel momento tan mágico se vio interrumpido por la cena. Acababan de traer la bandeja y entraba Fernando en la habitación para acompañar a su hija durante la noche. Cada noche se queda uno de los dos padres, Fernando se queda los días pares y Marta los impares, es una forma, como otra cualquiera, de organizarse. Afortunadamente su trabajo se lo permite, pero no es fácil conciliar la vida, uno termina caminando por el mundo como si lo hiciera por la cuerda floja, con el miedo a caer en el más mínimo descuido.
Ángel aprovechó la  entrada del padre de Sofía en la habitación para saludarle y despedirse  hasta el día siguiente.-"Buenas noches Sofía, ya sabes, mañana más y mejor"-
Sofía levanta suavemente la mano y saluda de forma delicada, -" Hasta mañana".-
A su salida al pasillo, Ángel se encuentra con Jimena que ha subido para ver a un paciente cuyo estado había empeorado de forma considerable a lo largo de la tarde.
-"¡Qué bien que te encuentro!, Vamos a hacer la sesión de lo que hemos visto hoy y así aprovecho y te cuento las novedades de Don Pedro y Doña Sara."- Le expone.
-"¡Ah! Sí claro, claro."
Ambos entraron en la sala de reuniones. Un cuarto amplio con mucha luz. Una de las paredes es un gran ventanal orientado al este. Los amaneceres son increíbles y la luz del ocaso única. El ventanal está cubierto por una persiana veneciana de color nogal, de la misma tonalidad que el mobiliario de la estancia. Una mesa ovalada con 10 sillas, una estantería que hace las veces de librería al fondo, y varias repisas con recuerdos de pacientes que han sido tratados por el equipo de cuidados paliativos del hospital. En la pared ubicada frente a la librería, pintada del mismo azul lavanda que el resto de la planta; se encuentra una composición de cuadros de Klimt: El árbol de la vida, El beso y por último El abrazo. Los cuadros son  un recuerdo que trajo Jimena de su viaje por Austria. Los tres poster con los que elaboró los cuadros los adquirió en la Secession de Viena, una Galería de Arte de visita obligada para los amantes del modernismo  si vas a la capital austríaca. Los vio y se enamoró.
En la pared contigua hay colocadas unas baldas dispuestas de forma irregular que sostienen un jarrón con tres cañas de bambú y unas figuras de cerámica que caricaturizan a un médico y a una enfermera con fonendos , termómetros y jeringas en las manos. Al lado de estas dos figuras otra que representa a un paciente en la cama, repleto de tiritas y vendas y con un termómetro en la boca.
Sentados en sendas sillas, Jimena comienza a hablar afanosamente sobre el estado de los dos últimos pacientes que acaban de ingresar en la unidad, acerca de la reestructuración del trabajo de cara a los próximos días festivos y de un sin fin de asuntos más. Ángel estaba absorto oyendo sin escuchar, mirando sin ver y haciendo que prestaba atención cuando en realidad estaba  en cualquier otra parte del globo terráqueo y no en aquella sala de reuniones.
-¿Te pasa algo Ángel?-
-¿Cómo?-
-No me has prestado atención desde que nos encontramos en el pasillo. ¿Acaso te preocupa Sofía?-
-¿Por qué dices eso?-
-Porque tu cara lo refleja-
-No, no, pues no, bueno la verdad es que un poco sí, es decir... No lo sé. No sé definir exactamente qué es lo que me pasa. Es complicado definir con palabras las cosas que ni uno mismo entiende. No sé si me explico-
-Perfectamente. Cuéntame, ¿de qué habéis hablado?-
- Pues la verdad es que hemos hablado de muchas cosas. Una de nuestras últimas conversaciones trataba de imaginar qué nos gustaría estar haciendo en lugar de estar aquí, yo le dije, ¡ya ves tú! que me imaginaba recogiendo setas y ella se imaginaba montando a caballo para sentirse libre. Nada del otro mundo, Jimena, pero la cuestión no está en lo que dijo si no en cómo lo expresó. En todos los años que llevo trabajando nunca me había pasado algo parecido, la verdad es que es curioso lo que puede conseguir un individuo de otro. Sofía es una niña de 15 años capaz de razonar y expresarse mucho mejor que mucha gente adulta. Esa niña me ha llegado a hacer preguntas acerca del dolor y de la muerte. Me ha preguntado si soy capaz de soportar el dolor ajeno.
- ¿Y tú qué le has contestado?-
-Bueno pues, la verdad, claro. Pero no sólo eso, sino que además, es extraño, pero... ¿cómo te lo explico? a veces siento como que hay una especie de conexión entre los dos, como si nos entendiésemos con la mirada. Hay tardes en las que voy a verla y sin dirigirse a mí, sé perfectamente lo que le pasa-
-¿Y qué  piensas de todo eso?-
-Pues no lo sé, no debo implicarme emocionalmente en ningún caso, no quiero perder la visión profesional en ningún momento. No quiero llevármelo a casa-
- Pero Ángel, lo que me estás contando es perfectamente normal, ¿no entiendes lo que te ha pasado? Has empatizado con Sofía y ella ha conectado contigo. ¿ No has notado el cambio que ha dado?
-¿A qué cambio te refieres?-
-Pues, sin lugar a dudas ha dado un gran cambio y creo que tú tienes mucho que ver en eso. Me he fijado que de un tiempo a esta parte Sofía ha rebajado su nivel de ira, es más receptiva, no le contesta mal a sus padres y se siente muy segura cuando estás cerca. Sofía está superando su miedo y lo hace desde que te pasas a hablar con ella un ratito por las tardes. Creo que hay una gran conexión entre los dos y eso le está ayudando a seguir adelante pese a las adversidades. Ella ve en ti una figura paterna.
- Recuerdo un día en el que estaba llorando cuando entré en la habitación. Nunca la había visto llorar, y me impresionó su desesperación. Lo primero que se me ocurrió hacer fue arroparla y cogerle las manos firmemente, entonces ella me miró a los ojos y...
- Y... ¿sobraron las palabras?-
-¡Sí!, Jimena, lo reconozco, sobraron las palabras. Me taladró el corazón, sentí su dolor como  mío, imaginé por un instante su miedo y su angustia. El tiempo se detuvo  y ella se  fue calmando poco a poco.
- ¿Te das cuenta lo importante que fue el hecho de que le cogieras las manos? Ella notó que la entendías y que estabas a su lado, y eso fue suficiente para que se calmase. El lado humano de nosotros mismos es su mejor bálsamo. Una mirada, un gesto, una sonrisa, marcan la diferencia.
-Pero Jimena, no quiero encariñarme, no quiero que me afecte, yo no puedo llorar.
-¿Porqué?-
-¿Cómo que por qué Jimena?, pues porque no es correcto, no está bien implicarse emocionalmente. No debe hacerse.
-¿Quien lo dice?, ¿quien dice que esté prohibido sentir?-
- Pues el código deontológico, la ética profesional, la conducta ejemplar...-
-¿Estás seguro?, ¿No será más bien que tienes miedo a saber qué se siente cuando entiendes a los demás?, ¿No será más bien que tienes un miedo acérrimo a conocer tus propios sentimientos? ¿A adentrarte en lo más profundo de tu alma para sacar a flote tu "yo" aletargado en la letanía del "tener que" en lugar del "poder"?, quién ha dicho que está mal sentir si quien siente está vivo, su intelecto se agudiza y su mente se enriquece.  Ángel, si eres capaz de cuestionarlo, de ponerlo sobre la mesa o de sopesarlo es que un gran cambio se ha producido en ti.

·······


 Sofía y Luis eran los mejores hermanos. Su conexión no tenía límites. Ellos se entendían con la mirada. Pero esa conexión no fue siempre tan buena. Hubo momentos en la vida de ambos en los que no se podían ni ver. Ella era la pequeña, la princesita, la niña buena, buena en todo lo que hacía, buena estudiante, buena hija, buena deportista, hasta cantaba bien. Luis siempre ha sido la oveja descarriada, mal estudiante, rebelde sin causa, trasnochador y pasota. La antítesis, el yin y el yang. La separación  de su vínculo fue directamente proporcional a las atenciones que recibía Sofía desde que empezó a destacar en natación.
-"Fernando, cariño, esta niña tiene un don en el agua, debemos estimularla para hacer algún deporte acuático. ¿No crees?"- Le repetía a diario Marta a su marido.
Ese don hubo que fomentarlo, hacerlo crecer, dejar que manifestase poco a poco la afición. Quizás fue ese el punto de inflexión que separó a los hermanos, mientras uno subía el otro bajaba. Pero hoy ha sido un día especial. Sofía ha recibido la visita sorpresa de Luis. Sus padres llevan semanas intentando convencerle de que tenía que ir a ver a su hermana al hospital, Luis no se atrevía a verla, se la imaginaba como en las películas, acostada en la cama mirando al techo con la boca entreabierta y un sonido estertor manando del pecho; rodeada de cables, sensores, monitores, bombas infusoras y botellas de suero además de las gafas nasales de oxígeno y la sonda vesical colgando de la cama.
Cuando entra en la habitación  ve a Sofía sentada frente a la ventana, con un camisón azul lavanda y una mantita que le cubre las piernas. Estaba completamente libre, sin ataduras ni sueros ni parafernalias sanitarias. El sol se reflejaba en su creciente pelo. Sus ojos verdes recobraron vida al ver a su hermano en el umbral de la puerta. Ya había perdido toda esperanza de volver a verlo.
-¡¡¡LUIGI!!!!!!- Gritó Sofía y dio un brinco  para abalanzarse sobre él. Sacó fuerzas de su flaqueza y se irguió como una  primera bailarina de Ballet Nacional.
-¡¡¡SOFIE!!!- corrió hacia ella para cogerla en brazos.
Juntos en el centro de la habitación se fundieron en un abrazo de perdón. Los dos se hicieron uno. El tiempo se paró y empezó a rebobinar hasta llegar a la tarde de la fiesta de cumpleaños del 2007 donde Luis le regaló a Sofía la  mitad de un colgante en forma de pergamino que decía: " si me necesitas silba"; mientras que la mitad que portaba Luis al cuello respondía: " no te fallaré".
Por fin aquellas dos mitades se habían vuelto a unir después de tanto tiempo. Se miraron a los ojos y rompieron a llorar. El llanto fue tan intenso y desconsolado que todos salieron de la habitación para dejarles hablar tranquilamente. Tenían mucho que decirse.
Hablaban  de manera atropellada, se interrumpían pidiéndose perdón recíprocamente, se cogían de las manos y se las apretaban muy fuerte. Cuánto necesitaban este momento, cuánto bien les estaba haciendo esta reconciliación. Cuánta paz se respiraba.
 Marta y Fernando se sintieron aliviados. Se sentían una familia unida de nuevo. Los cuatro habían cerrado el círculo. Se sentían parte de un todo indivisible.
Volvieron a entrar en la habitación y pusieron encima de la mesa el Trivial Pursuit para celebrar el reencuentro jugando al juego favorito de la familia.
Desde el pasillo se oían las risas de una familia feliz, completa, que demuestra cómo es capaz de disfrutar de las cosas más sencillas de la vida: mirar el cielo desde la ventana, disfrutar de la sonrisa de aquel a quien amas, hablar en silencio, cantar bajo la lluvia, salvarle la vida a un pajarillo herido,  poder parar el tráfico con solo levantar la mano para que un anciano pueda terminar de cruzar la calle, leer cuentos de noche con una linterna, ver llover en el mar, montar el mueble para el salón que te acabas de comprar sin mirar las instrucciones y con solo una llave allen. ¡Hay tantas cosas de las que disfrutar!
Sofía se siente feliz, a gusto, contenta, plena. Se ha ido el miedo, hay paz en su interior, tiene su vida en orden.  Ve a sus padres felices, su hermano está a su lado, ha hablado con Carlos y le ha pedido perdón, ha llamado a todas sus compañeras. No se ha dejado nada en el tintero.
Parece sentirse un poco incómoda y decide recostarse en la cama. Se tapa con la sábana y su madre la arropa como acostumbraba a hacerlo cuando era un bebé. Siguen hablando de las novedades en la vida de Luis, de su nuevo trabajo, de su decisión de ahorrar un poco de dinero para  poder estudiar Derecho el año que viene. Mientras hablan Sofía les escucha atentamente sin emitir ninguna palabra. Les oye al fondo, como si estuviesen en otra habitación, poco a poco las palabras van perdiendo sentido y la conversación se difumina. Tiene sueño, bosteza, se acomoda y baja la cabeza. Los párpados le pesan, le entra sueño, se va escurriendo en la cama hasta que encuentra la postura adecuada. Sus párpados van cayendo poco a poco. La sensación de paz inunda su pecho mientras su corazón late muy despacio. Por debajo de su almohada asoma el bloc de notas que nunca ha dejado de escribir desde su ingreso. Suspira suavemente; cierra los ojos y cae profundamente dormida.


Carta de despedida:

Es difícil describir con claridad y por orden todas y cada unas de las palabras que quiero expresar.
Yo no elegí nacer, no elegí el cuándo, ni el cómo, ni la familia, ni el país.
Mi vida ha sido plena, ha estado llena de momentos únicos, lugares maravillosos y personas a las que  amo desde lo más profundo de mi corazón.
Hoy mi vida me propone otra cosa muy distinta y angustiosa. Hoy mi vida me propone cómo quiero morir.
¡Gracias vida por darme esta oportunidad!
Gracias por darme el momento para elegir a la gente que quiero que me rodee. ¡Gracias vida, por darme a mi familia! Ellos me han enseñado el significado de lo justo y de lo injusto, lo bueno y lo malo, lo grande y lo pequeño, lo que de verdad importa y lo que no.
Ser padre es más que enseñar a andar por el pasillo de casa, ser padre es enseñar a caminar por la vida para aprender a levantarme después de haber tropezado con una piedra.
Ser hermano es más que pelear por un juguete, ser hermano es luchar porque a mi hermano no le falte nunca mi hombro para llorar por el juguete perdido.
Ser familia no es enseñar a hablar, ser familia es enseñar a comunicarse para no estar nunca solos, para ayudar a los que te necesitan, para ser feliz.
Ser familia no es enseñar a dibujar; ser familia es pintar acuarelas de colores sobre un cielo gris para que el día triste que hoy he pasado haya merecido la pena.
¡GRACIAS VIDA POR DARME ESTA OPORTUNIDAD!
Hoy aprovecho para pedir perdón. Perdón por no esforzarme más en haceros reír, perdón por decirte lo que tenías que hacer en lugar de hacerlo juntos; perdón por discutir contigo en lugar de besarte con pasión; perdón por no ver en tus ojos que te fijabas en los míos.
Gracias mami, por los besos que me dabas cuando pensabas que dormía. Gracias papi, por hacerme creer que mi bicicleta era un precioso unicornio blanco. Gracias hermano por dejarme ser la primera en conocer los secretos de tu corazón.
Llorad, patalead, cantad, bailad o reíd, cada una de vuestras expresiones son pedazos de mí ser porque vosotros secasteis mis lágrimas, compartisteis mis risas, entonasteis mis canciones, acompasasteis mis bailes y calmasteis mis enfados.
Ahora estaréis pensando en que" si leéis esta carta es que ya no estoy aquí"; pues no es cierto, no es verdad ni una sola palabra de esa frase.
Sí estoy aquí, estoy aquí y lo estaré siempre porque vivo en cada uno de vosotros, porque vuestro corazón es mi hogar y vuestra mente mi patio de recreo. Sí, estoy aquí y estoy más viva que nunca porque mientras me penséis, mientras me soñéis mientras me cantéis y me imaginéis yo nunca me iré.


Os quiere, Sofía.